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Por Patricio Meller* Por demasiado tiempo la educación no ha sido una prioridad mundial. Sólo tomando la última ...
Por Patricio Meller*
Por demasiado tiempo la educación no ha sido una prioridad mundial. Sólo tomando la última década, los contribuyentes internacionales han gastado proporcionalmente menos en educación, mientras que aumentaron los montos destinados a la salud mundial.
El acceso a escuelas de calidad es tan importante como el acceso a salud de calidad. Sin embargo, por alguna razón, los donantes no se han comprometido de la misma forma con la educación.
Una posible razón es que los contribuyentes suelen enfocarse en programas de financiamiento que puedan alcanzar resultados mesurables rápidamente. Por ejemplo, en salud, los programas asistenciales que brindan vacunas a los niños pueden ser implementados en semanas o meses. Y los resultados suelen ser vistos poco después.
Por el contrario, el sector educativo tiene un desafío más grande en lo que refiere a métricas.
El progreso no puede ser medido en semanas o meses, sino que debe ser evaluado tras años o décadas. Y a diferencia del sector de la salud, donde puedes ver buenos resultados al observar la caída de las tasas de mortalidad, en el caso de la educación los resultados no son tan claros.
El sector de la educación mundial ha utilizado tradicionalmente el número de niños en la escuela y la tasa de graduación como indicadores de éxito. Sin embargo, estas métricas no cuentan la historia completa. Como suele ser el caso en muchos países en desarrollo, un niño puede avanzar por la escuela sin aprender habilidades básicas de lectura y matemáticas. Sin indicadores que permitan comparar el aprendizaje de manera global, será difícil comparar y monitorear el progreso educativo en el mundo.
Otra razón por la cual la salud mundial es más ampliamente financiada que la educación es la inmediatez y visibilidad de las crisis sanitarias. La amenaza de pandemias globales –tales como Zika, Ébola, y HIV/SIDA- suelen generar una urgencia que impulsa el apoyo público y la voluntad política. Al igual que los sistemas de salud débiles, los sistemas educativos pobres también contribuyen a las crisis globales. Sin embargo, no existe la misma sensación de urgencia al abordarlas.
Quizás no veamos a niños muriendo en la calle por la ausencia de educación de calidad, pero el impacto de largo plazo tiene consecuencias igual de nefastas. Aquellos niños que no reciben educación de calidad terminan atrapados en generaciones de extrema pobreza que no solo impactan en ellos, sino también en sus comunidades, familias e hijos.
Entonces, ¿qué debemos hacer para lograr que la educación sea una prioridad urgente entre los líderes mundiales?
Debemos replica lo que ha hecho el sector mundial de la salud.
En primer lugar, debemos convencer a los líderes mundiales de que el acceso a la educación de calidad es un derecho humano fundamental al que todos los jóvenes deben acceder– a la par del derecho a vivir una vida libre de enfermedades previsibles.
Los niños no podrán llevar adelante vidas saludables en el futuro si no tienen acceso a escuelas de calidad hoy. Las buenas noticias son que tenemos datos para respaldar estos enunciados. Estudios recientes de la Comisión Internacional sobre la Financiación Oportunidad Global de Educación descubrieron que si logramos que todos los niños se inserten en las escuelas y en el aprendizaje, hacia 2050 las reducciones de la mortalidad que resultan de las mejoras educativas –medidas en años de vida ganados- serían casi equivalente a la erradicación de muertes por malaria y HIV hoy.
Debemos hacer un mejor trabajo explicando porque vale la pena invertir en los beneficios de largo plazo que brinda la educación. Sabemos que la educación incrementa la paz y la estabilidad. Cada año extra de escuela reduce en un 20% los riesgos de un adolescente de involucrarse en conflictos. La educación también es fundamental para el crecimiento económico. Según la Comisión, si logramos que todos los jóvenes estén estudiando, hacia 2050, el PBI per cápita en países de bajos ingresos aumentaría 70%, cosa que no sucederá si no realizamos acciones en este tema.
Los líderes y defensores de la educación necesitan garantizar que las inversiones en educación se focalicen en políticas e intervenciones probadas. En los países en desarrollo esto incluye volcarse a la formación en la lengua materna, a la expansión de la educación básica, y a la provisión de educación reparadora para los estudiantes en riesgo, entre otras.
Por último, depende de todos nosotros trabajar para que la comunidad internacional tome acción e invierta en una reforma de la educación mundial. Debemos mostrarles a los líderes que no invertir en educación hoy puede generar daños irreparables para las generaciones futuras y que se trata de una prioridad mundial que no puede esperar ni un minuto más.
*Patricio Meller es Presidente de Fundación Chile y Profesor en la Universidad de Chile.
Fuente: Bright