Millennials, ¿adictos al reconocimiento?

15, mayo

Un interesante informe elaborado por Mayte Rius para La Vanguardia hace hincapié en la necesidad de reconocimiento ...

Un interesante informe elaborado por Mayte Rius para La Vanguardia hace hincapié en la necesidad de reconocimiento de este colectivo

La llegada de los millennials  al mundo del trabajo y del consumo ha generado innumerables estudios sobre sus rasgos, hábitos o prioridades. La necesidad de ser el centro de atención tanto en casa como en el trabajo aparecería como un rasgo común entre los nacidos después de 1980 y antes del 2000.

Los millennials constituyen el 26% de la población mundial, superan ya más de la mitad de la población activa y en ocho años serán el 75%. Esto les confiere una gran capacidad de influencia, que se ve incrementada por tratarse de la primera generación de nativos digitales. Su conexión permanente y su alta sociabilidad  los convierte en creadores de tendencias.

Si bien en un colectivo tan numeroso es difícil establecer patrones que sirvan para todos, algunos de los analistas y consultores que han investigado sobre ellos aseguran que son más parecidos entre sí que los miembros de las demás generaciones debido a la globalización y a la homogeneidad de la información y los valores que se les han transmitido a través de las tecnologías.

Rius cita al profesor de dirección de personas del IESE, Guido Stein, quien asegura que esta mayor homogeneidad es más clara entre los que denomina “junior millennial”, los nacidos entre 1990 y 2000, que son los que ahora están terminando de formarse o entrando en el mercado laboral. Y destaca como uno de sus rasgos más representativos la necesidad de aprobación por parte de los demás. “Son poco menos que unos adictos al reconocimiento público, que no sólo esperan obtener de sus superiores, sino también, y sobre todo, de sus semejantes”.  Señala que este interés en ser el centro de atención se observa tanto en su vida cotidiana como en su actividad laboral.

Para Stein, este afán de reconocimiento tiene que ver con una educación, sobre todo en el entorno familiar, en la que se ha fomentado cierta inmadurez. A esto se le suma el hecho de que nunca una generación haya estado tan conectada entre sí como esta. El relacionamiento entre iguales y a través de las redes sociales incide en el retardo de los procesos madurativos. De ahí que, según Stein, una parte importante de estos jóvenes tenga una excelente formación académica, en idiomas y tecnología, pero presente carencias de carácter y deficiencias en sus habilidades interpersonales.

Pablo Mondragón, antropólogo social y fundador de Antropologia 2.0, opina que este interés por la aprobación de los demás no constituye un rasgo psicológico de los jóvenes de hoy, sino que tiene que ver con los nuevos canales de comunicación, con los avances técnicos. “Todos tenemos necesidad de reconocimiento y a todos nos gusta que nos den palmaditas en el hombro, creo que eso es algo innato al ser humano; lo que ha cambiado es que estas palmaditas antes se producían y se buscaban en el ámbito doméstico, en un entorno reducido, y ahora que estamos interconectados podemos tener un reconocimiento más masivo y los avances técnicos nos dan los instrumentos para tener feedback, así que esperamos reacciones a todo lo que hacemos”, apunta Mondragón.

Idoia de Paz, responsable del departamento de consultoría de Capital Humano de Deloitte –empresa que elabora un informe anual sobre los millennials–, cree que el afán de reconocimiento es ahora más visible porque los jóvenes lo reclaman en tiempo real, porque están acostumbrados al feedback constante y a la comunicación inmediata, y para ellos no tiene sentido esperar a la evaluación anual para saber las reacciones a su trabajo. “Creo que ser millennial es una actitud, no una generación, porque yo por edad no lo soy y también quiero ese reconocimiento y una organización más rápida y flexible, porque la tecnología lo fomenta”, dice.

Mondragón opina que la nueva generación de jóvenes muestra cambios cognitivos, porque vivimos en un mundo donde se ha impuesto la inmediatez, donde todo adquiere mayores velocidades y donde la identidad digital cuenta.

A este respecto, el estudio de Stein –basado en una encuesta a 22.000 directivos, centenares de universitarios y estudiantes del MBA del IESE– enfatiza que los júnior millennials proyectan una imagen de sí mismos muy cuidada porque quieren gustar, y para ello se sirven básicamente de fotos y vídeos. Esta preocupación por la imagen y por ser apreciados les pasa factura, según Stein: “Les genera ansiedad e inseguridad, ya que son conscientes de que están siendo constantemente examinados y juzgados por los demás”.

“Son impacientes porque han sido educados en la instantaneidad y están acostumbrados a inputs continuos e inmediatos, pero este hábito de inmediatez sostenido en el tiempo ha hecho que se encuentren cómodos realizando varias tareas a la vez (…) y también hace que capten todo a gran velocidad, que sean rápidos aprendiendo”, resume Stein. La contrapartida es que, en muchos casos, se observa falta de capacidad para el análisis en profundidad.

Diversos informes apuntan que el concepto tradicional de autoridad resulta bastante lejano para los millennials. “Se han desarrollado en un hogar donde los padres no han ejercido la misma autoridad con la fueron educados, y en su infancia y adolescencia tampoco se les ha sometido a una autoridad estricta en sus colegios o institutos”, justifica el profesor del IESE. Hay cierto consenso en que el millennial no busca jefes que se erijan como modelo ni ostenten autoridad, sino personas a las que respetar por su prestigio profesional, sus conocimientos y la coherencia de sus actos.

Cuando se saca el foco de los más formados y se analiza al otro amplio colectivo de jóvenes que por edad son millennials pero no tienen tanta formación, se observa un abanico que va del desencanto a la indignación con la sociedad que les ha tocado vivir y de la cual se sienten acreedores.