Por Manuel Agosín
La reforma laboral que está en discusión en el Senado considera las relaciones laborales como un juego de suma cero. Los empleadores reclaman flexibilidad laboral y los trabajadores seguridad en el empleo y las remuneraciones. Lo que está en juego es la preservación de dos bienes públicos: la estabilidad en los ingresos de los trabajadores y la flexibilidad laboral y, para lograrlo, es necesario avanzar hacia una solución más creativa – como las de Japón, Alemania o Dinamarca – que las visiones antagónicas que dominan la discusión. Asimismo, la experiencia chilena de los últimos 25 años nos dice que el crecimiento es esencial para disminuir el desempleo y para el aumento en los salarios reales.
La reforma laboral ha causado gran controversia. No es para menos. La Central Unitaria de Trabajadores de Chile (CUT) presiona para que se aprueben todos los aspectos que sus dirigentes consideran intransables y los gremios empresariales están a la defensiva, intentando suavizar elementos del paquete y de eliminar otros. Las propuestas que han causado más controversia son: el no reemplazo en huelga, la demanda de la CUT que la negociación sea por rama y no por empresa (aparentemente descartada), la titularidad sindical, la obligación de pertenecer al sindicato “titular” para recibir los beneficios de la negociación, y otros.
En lugar de enfrascar al país en una pugna entre aquellos que buscan proteger a los trabajadores y otros que claman por la flexibilidad laboral, sería bueno que eleváramos la mirada y analizáramos el contenido de la reforma a la luz de algunos conceptos fundamentales y de la experiencia internacional. Parto diciendo que muchos países de la OCDE, a los cuales queremos parecernos, vienen “de vuelta” en esta discusión, luego de décadas en las cuales se aplicaron políticas como las que se quieren impulsar con el proyecto de reforma chileno.
Es indudable que en el mundo laboral parecieran entrar en contradicción dos grandes bienes públicos que es necesario armonizar. Ellos son la protección a los ingresos de los trabajadores (la mayoría de los chilenos) y la flexibilidad laboral, indispensable para el progreso de una economía e incluso para el mejoramiento de largo plazo en el empleo y las remuneraciones reales de los trabajadores.
Un valor que se busca afianzar con la reforma es la seguridad en los ingresos de los trabajadores. Nadie podría oponerse a que las personas, particularmente las más vulnerables, tengan alguna certeza que, frente a las fluctuaciones inevitables a las economías de mercado, no sean ellos quienes paguen la cuenta con despidos, mayor desempleo y pérdidas de ingresos vitales para su subsistencia. De hecho, podemos convenir que limitar la variación en los ingresos del trabajo es un bien público que conviene fortalecer.
Por otro lado, como lo muestran varias economías europeas, si no hay flexibilidad laboral se tiende a crecer menos y a tener más desempleo, en particular entre los jóvenes. La razón es obvia. En economías dinámicas, aparecen nuevas industrias y otras se contraen. Si la economía no es capaz de reasignar recursos laborales desde sectores en decadencia hacia sectores en crecimiento y con remuneraciones mayores, el crecimiento global de la economía se resiente y las remuneraciones se estancan.
Asimismo, cuando los despidos se vuelven difíciles, o cuando las empresas deben enfrentar huelgas frecuentes y sin posibilidades de reemplazo aún con sus trabajadores internos que no estén en huelga, los empleadores tratarán de contratar al menor número de trabajadores permanentes, reemplazándolos por procesos mecanizados o por trabajadores ocasionales. Los trabajadores pertenecientes al sindicato recibirán los beneficios, dejando afuera los que recién se incorporan a la fuerza de trabajo. El resultado: tasas elevadas de desempleo, concentradas en jóvenes y mujeres.
Más aún, cuando no existe una adecuada flexibilidad laboral, la economía no puede ajustarse a cambios en la competitividad de distintos sectores de la economía. En economías modernas y abiertas al mundo, algunos sectores necesariamente entran en decadencia y otros tienen posibilidad de expansión. Lo mismo ocurre al interior de cada sector, donde algunas empresas pierden competitividad y otras la incrementan. Es importante que los trabajadores puedan trasladarse desde sectores y empresas que se vuelven menos competitivos hacia otros cuyas posibilidades de expansión y de mayores remuneraciones sean más promisorias. Entonces, el otro bien público que debemos preservar es la flexibilidad laboral, porque asegura mayor crecimiento, tasas más bajas de desempleo y mayor cohesión social.
Así como están las cosas en Chile, los costos del bien público que representa la flexibilidad laboral no los financia la sociedad sino que los propios trabajadores, quienes están en malas condiciones para enfrentarlos, pues su capacidad de ahorro previo es bajo o nulo. Cuando a una empresa le va mal o cuando un sector pierde competitividad, sus trabajadores simplemente se quedan sin trabajo y los seguros de desempleo son muy insuficientes. Asimismo, el costo del bien público de proveer mayor estabilidad a los ingresos tampoco recae sobre la sociedad, sino sobre los empleadores, que tienen que mantener en sus nóminas a quienes no necesitan o deben desahuciar a alto costo.
Lo que se necesita es una solución que ayude a preservar estos dos bienes públicos. Para no sacrificar uno en aras del otro, debe intervenir el Estado. Los países que han logrado conjugar la estabilidad de ingresos con la flexibilidad laboral lo han hecho de manera consistente con su realidad económica y con su cultura.
Existen experiencias internacionales que pueden ayudarnos a salir del entrampamiento en que estamos enfrascados. Me voy a referir aquí a las experiencias de Japón, Alemania y Dinamarca. En Japón, en las grandes empresas existe en la práctica flexibilidad salarial a través de la participación de los trabajadores en las utilidades ayuda a que los salarios sean en la práctica flexibles. Cuando a la empresa le va bien, también a sus trabajadores les va bien, pero cuando la empresa entra en un período de dificultades financieras, uno de los componentes de sus costos salariales disminuye automáticamente. Es difícil aplicar este elemento de solución en Chile, porque los salarios totales ya son bajos y porque las empresas con contabilidad auditada son relativamente pocas y las pequeñas y micro empresas muchas. Sin embargo, se podría aplicar en las sociedades anónimas en forma voluntaria.
Alemania representa un caso de flexibilización de los mercados laborales para atenuar el alto desempleo que experimentó desde su reunificación en 1990 hasta la primera mitad de la década de los 2000. Las nuevas políticas laborales adoptadas bajo el liderazgo del Canciller Schröeder contienen varias disposiciones que flexibilizan los mercados laborales sin desatender las necesidades de los empleados de contar con ingresos que no exhiban alta volatilidad. Empleados y empleadores alcanzaron un acuerdo donde los sindicatos moderaron sus demandas laborales para que el país pudiese recuperar la competitividad internacional ycrecer a tasas más elevadas, y para permitir una disminución en el desempleo. Asimismo, los sindicatos aceptaron que, en situaciones recesivas, para evitar despidos, los trabajadores pudiesen pasar a empleos a jornada parcial, haciéndose cargo el estado de un porcentaje de la diferencia entre la remuneración a jornada parcial y aquella a jornada completa. Por último, se mejoró el seguro de desempleo, pero se lo hizo contingente a que los trabajadores mostraran disposición de emplearse.
En Dinamarca, los trabajadores pueden ser despedidos con poco aviso y sin costos onerosos para el empleador. Pero los seguros de desempleo son generosos, aunque acotados en el tiempo para incentivar a que los desempleados estén dispuestos a volver al trabajo. Al mismo tiempo, se acompaña el seguro de desempleo con políticas activas en el mercado laboral, tendientes a capacitar a los trabajadores en nuevas actividades y a encontrarles trabajo en sectores en expansión.
Nos hace falta una solución más creativa que el juego de suma cero que está imperando, y para el futuro de nuestra economía y sociedad es vital encontrarla pronto. Consideremos las cifras de desempleo. En Francia e Italia, donde las relaciones laborales son conflictivas y hacia donde las propuestas de reforma laboral parecen estar conduciéndonos, la tasa de desempleo es de 10,6%. En Alemania, la tasa de desempleo es de 4,7%, en Dinamarca y Japón, de 6,2 y 4,1%, respectivamente.
También es interesante comparar cómo han variado las tasas de desempleo en países que han buscado soluciones creativas con otros que han continuado dando excesivas protecciones a los trabajadores sin considerar el valor social que tiene la flexibilidad laboral. Mientras Alemania ha experimentado una notable disminución en su tasa de desempleo desde las reformas de su mercado laboral, las cuales entraron en régimen en 2006, en Francia y en Italia, países que no han intentado flexibilizar sus mercados laborales resguardando la estabilidad en los ingresos de los trabajadores, el desempleo ha ido en alza y se ubica sobre un incómodo 10% de la fuerza de trabajo, lo que tensiona a sus sociedades.
Por último, quiero destacar la importancia del crecimiento para la evolución del empleo y los salarios reales. Aquellas economías que han logrado crecer a tasas elevadas exhiben bajo y decreciente desempleo y alzas sostenidas en los ingresos reales de los trabajadores. Por el contrario, en aquellas en las que se estanca el crecimiento, el desempleo y el estancamiento de los salarios reales es inevitable.
En nuestro propio país, el crecimiento ha sido el factor principal en reducir la tasa de desempleo. Los años de alto crecimiento económico siempre han estado acompañados de bajas tasas de desempleo; y en los años en que el crecimiento ha flaqueado, el desempleo ha alcanzado porcentajes inaceptables de la fuerza de trabajo. Al mismo tiempo, el crecimiento económico está muy fuertemente correlacionado con el aumento en los salarios reales. Y el bajo crecimiento, con el estancamiento de los salarios reales
¿No deberíamos estar emulando a Alemania, Japón o Dinamarca, en lugar de continuar enfrascados en disputas laborales en las cuales todos, excepto unos pocos, saldremos perdedores? ¿No deberíamos propiciar reformas laborales que no atenten contra el crecimiento en lugar de insistir en una reforma que afectará negativamente la inversión y el crecimiento?
Fuente: Economía y Negocios
Manuel Agosin es Decano de la Facultad de Economía y Negocios de la Universidad de Chile