Trabajadores globalizados: tendencias y tensiones

04, noviembre

Los mercados laborales internacionales están viviendo un proceso de profunda transformación. Coexisten tendencias y ...

Los mercados laborales internacionales están viviendo un proceso de profunda transformación. Coexisten tendencias y tensiones que se traducen en una ebullición social que exige acciones urgentes de los policy makers.

Por Martin Padulla para staffingamericalatina

 

“Cabe esperar que poco a poco lograremos imponer a nuestra cultura, modificaciones que satisfagan mejor nuestras necesidades y que escapen a aquellas críticas” plateaba Sigmund Freud en su obra El Malestar en la Cultura publicado en 1930.

Las expectativas frustradas y una profunda crisis de representatividad han colmado la paciencia de millones de personas en América Latina. La región más desigual del planeta, está viviendo a su modo, su propia primavera.

La desaceleración de la economía regional es un hecho. Mientras se espera que Asia crezca en promedio 5.9%, que África lo haga 3.2%, nuestra región crecerá sólo 0,2%

Oliver Strienkel, profesor de Relaciones Internacionales de la Fundación Getulio Vargas de San Pablo, Brasil, sostiene que “la elite financiera, política e intelectual de América Latina no ha sido capaz de monitorear y entender lo que pasa en las sociedades”. Tal vez no haya sido ni sea muy diferente en otras regiones del Mundo.

Entre los años 2000 y 2015 América Latina redujo notoriamente sus niveles de desigualdad. Sin embargo, el fin del boom de los commodities y el estancamiento económico han generado una crisis de expectativas significativa, fundamentalmente en las clases medias urbanas. Las demandas crecientes por más y mejor acceso a la educación, a la salud, a los servicios públicos y al mercado de trabajo han desembocado en este clima de ebullición en las calles.

La desaceleración de la economía mundial, el crecimiento más lento de China y la baja en el precio de los commodities no parecen configurar precisamente un viento a favor para América Latina.

Por otro lado, las calles del Mundo, tampoco se muestran muy tranquilas. Se pueden observar fenómenos similares con diferencias en cuanto a la diversidad de sus motivaciones en Francia, Hong Kong, Reino Unido, Rusia, Ucrania, Albania, Serbia o Medio Oriente por citar los más relevantes.

¿Es el capitalismo el sistema que está en crisis? ¿O acaso es la política que no ha logrado transformarse para poder gestionarlo y estar a la altura de los nuevos desafíos que nos ha traído el siglo XXI?

Desde hace unos años, estoy abocado al desafío que presenta la educación y el trabajo en el siglo XXI. Y especialmente me desvela su conexión, la posibilidad de un dialogo fluido entre ambas dimensiones durante toda la vida de un individuo. La tecnología, pero fundamentalmente la evidencia empírica que indica que vamos a tener durante más tiempo plenitud física y cognitiva, funcionan y han funcionado como motores de este desvelo. Hace mucho tiempo que visualizo que la falta de igualdad de oportunidades y la obsolescencia de los marcos regulatorios vinculados a las dimensiones educación y trabajo constituyen una bomba de tiempo de consecuencias inimaginables.

Los fenómenos de la exclusión, la pobreza y la desigualdad en una economía del conocimiento, requieren como primera medida básica e indispensable, garantizar el acceso a la educación. Sin embargo, no se trata de garantizar el acceso a esta educación sino a un concepto revisado y modernizado, que contemple igualdad de oportunidades para acceder a diversas formas de adquisición de conocimiento. No se trata de enfocarse solamente en la clásica mirada educativa basada en una formación inicial, una formación media y otra superior. Se trata de comprender un proceso de formación durante toda la vida del individuo, en entornos colaborativos, con fuerte incidencia de la tecnología y altos estímulos al pensamiento crítico, la creatividad y la innovación.

El mundo de la educación necesita reinventarse. Los sistemas educativos repensarse en su totalidad. La educación del siglo XXI debe transformarse en el motor del plan estratégico de cada país. La capacidad de un país para generar conocimiento está ligada a su potencialidad de desarrollo. Disminuir la brecha de competencias entre el conocimiento generado y el demandado por su sistema productivo debería ser el objetivo principal en el que confluyan variadas políticas de estado de un pais.

En lo concerniente al mundo del trabajo, la clásica relación laboral del siglo XX no explica la realidad de las sociedades del siglo XXI. Las nuevas formas de trabajo que ofrecen alternativas válidas para los nuevos estilos de vida y el desarrollo de carrera de los ciudadanos, no dan cuenta de manera cabal de las necesidades de coberturas que requieren. En la medida en que el mercado laboral modifica su morfología, las reformas en lo concerniente a la protección social se vuelven evidentes, imprescindibles, urgentes, sobre todo si consideramos el notorio incremento de trabajadores autónomos o freelancers.

Desde hace muchos años, sostenemos que el equilibrio entre flexibilidad y seguridad, es el camino. Los servicios privados de empleo acaso sean el ejemplo claro, a través del Convenio 181 de OIT, que se puede alcanzar diversidad combinando ambas dimensiones, haciendo aportes significativos a la formalidad laboral y a la empleabilidad. Las plataformas empiezan a tomar nota de esto, comienzan a comprender que además de oportunidades laborales deben ofrecer marcos de seguridad y formación profesional. Una app ofrece hoy al mismo tiempo el acceso a un mercado local, regional o global a un click de distancia y, en muchos casos, un vacío legal y falta de derechos para quienes se desarrollan a través de ellas.

Las demandas de los ciudadanos solo serán pasibles de ser cubiertas a través de un concepto renovado de trabajo, con marcos regulatorios modernos e inclusivos, que contemplen la articulación público-privada, la formación de competencias basadas en la demanda de manera permanente y la transformación digital. La posibilidad de elegir, otorga libertad.

La revolución tecnológica debe ser humanista y para esto debemos poner a los algoritmos al servicio de nuestras sociedades. La inteligencia artificial, el machine learning, el big data, la robótica, entre otras tecnologías, deben tener un rol importante en el futuro de la educación y en el mundo del trabajo. Los policy makers deben adquirir con suma urgencia, la sofisticación suficiente para crear marcos regulatorios tendientes a asegurar que la tecnología mejore la calidad de vida de nuestras sociedades y a cuidar los datos privados de los ciudadanos. Necesitamos derechos más modernos, flexibles, portables, entre otras cosas porque deben contemplar fenómenos nuevos.

Los países nórdicos parecen ser quienes mejor interpretan el futuro de la educación y el futuro del trabajo. Hace décadas crearon el triángulo de oro entre el trabajador, empleador y empresa usuaria, dinamizando y modernizando los mercados laborales. Fueron los pioneros del concepto de flexiseguridad que luego se transformó en un fenómeno global a través del desarrollo de las agencias privadas de empleo que contribuyeron significativamente a la creación de empleo de calidad y al incremento de la empleabilidad.

En Suecia, el servicio público de empleo que tiene una tradición de articulación con los servicios privados de empleo (tal como ocurre desde hace décadas en Alemania, Francia, Holanda y Reino Unido) han avanzado en la promoción de JobTech, una infraestructura digital abierta que permite que las personas que buscan trabajo y quienes tienen las ofertas laborales, se conecten de manera más eficiente. En el mismo país, AppJobs, es una startup que consolida trabajos de plataforma para trabajadores calificados y ha desarrollado AppJobs Institute teniendo en cuenta la necesidad del Longlife Learning para el desarrollo de personas y empresas en un entorno fuertemente influido por la tecnología y las plataformas.

Se trata de iniciativas a tener en cuenta que pueden servir como insumo para la co creación de nuestros propios futuros.

Es posible reducir las tensiones que producen en las sociedades este cambio de época. La posibilidad está íntimamente ligada al concepto de innovación social. Abordar estos desafíos con modelos del pasado no hará mas incrementarlos. El malestar en la cultura en el siglo XXI es en realidad el malestar que produce un profundo cambio cultural no advertido por las políticas públicas ni por quienes las desarrollan.

Si este malestar se traduce en algo nuevo, en ese proceso de innovación social creativo que nos llevará a la adaptación, la ebullición no habrá sido en vano.