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Trabajo infantil y desempleo joven: ¿dos caras de una misma moneda?

Por Martín Padulla para staffingamericalatina

Existe conexión entre estos dos flagelos que padece América Latina. Fenómenos como la deserción escolar y la informalidad laboral completan un cuadro de atraso muchas veces causados por prejuicios ideológicos que se contraponen con los valores morales más básicos.

Algunos países de la región están viviendo una crisis de representatividad.  La política no logra resolver los problemas de la gente. Prejuicios ideológicos y conceptos que remiten al pasado, alejan a las sociedades de lo legal pero antes, de lo moralmente aceptable.

La ética es el estudio de los valores morales que guían el comportamiento humano en sociedad. El dilema ético se da cuando se afecta a las costumbres, las normas, los tabúes y convenios establecidos por cada sociedad.

La comprobación empírica nos muestra que estamos ante conflictos graves. No es posible regular la conducta del individuo para lograr el bienestar colectivo y una convivencia armoniosa y pacífica en sociedad si se acepta o avala la ilegalidad. Valores como justicia y libertad son básicos. ¿Se negocia con quienes representan a la ilegalidad? ¿Basta con la representatividad?

El ciudadano vive en constante juicio ético. Debe razonar y definir qué acción, conducta o actitud es la más acertada en un momento determinado en función de las normas y valores impuestos por la sociedad. Acaso una pregunta interesante sea ¿cuáles son en cada una de nuestras sociedades?

Para quienes representan a los ciudadanos, la responsabilidad es mayor. La política debe ofrecer arquetipos vitales de conductas dignas de ser imitadas. El valor de la ejemplaridad es clave porque funciona en las relaciones humanas como un imperativo que asegura el progreso o la involución.

Los mayores tienen la tendencia a utilizar como estímulo para superar la incertidumbre, el ejemplo de la experiencia pasada. La realidad es que no se pueden resolver problemas nuevos con soluciones viejas. Ante la falta de soluciones, los jóvenes ya están encontrando nuevas estrategias para lidiar con la incertidumbre. El increíble y disruptivo ecosistema emprendedor que existe en América Latina es, acaso, la realidad más palpable de algunas de esas estrategias positivas. La violencia, la intolerancia y la indignación acaso sea la respuesta de quienes sienten que no hay igualdad de oportunidades y se perciben excluidos.

Volviendo a poner la lupa sobre la clase política y su enorme deuda con la sociedad, es importante señalar que todos y no solo los jóvenes, necesitamos anclajes en los que apoyarnos para no sentirnos solos. Los valores sólo pueden ser transmitidos a través de la coherencia entre lo que se predica y lo que se hace.

Tal como plantea el filósofo español Javier Gomá,  la fuerza persuasiva del ejemplo virtuoso, generador de costumbres cívicas, “es capaz de promover la auténtica emancipación del ciudadano”. Lamentablemente en nuestra región para algunos referentes basta con hacer análisis del discurso para observar el desapego a la ley.

En América Latina y el Caribe, 12,5 millones de niñas y niños trabajan sin haber cumplido la edad mínima de admisión al empleo o realizan trabajos que deben ser prohibidos, según el Convenio núm. 182 de la OIT sobre las peores formas de trabajo infantil. Una aberración moral además de un delito.  Muchos de ellos, no pueden ser niños a tiempo completo porque se ven obligados a asistir a la escuela y trabajar a la vez. En la mayoría de los casos cuando se enfrentan al bajo rendimiento o a la encrucijada de optar, lo hacen por la deserción escolar.

Algunos países de la región persiguen el objetivo de pobreza cero. La primera meta debe ser trabajo infantil cero.

El vergonzoso contexto de niños trabajando se da mientras asistimos a cambios permanentes que exigen igualdad de oportunidades, fundamentalmente educativas, para lograr insertarse en el mercado laboral al llegar a la juventud y la adultez. Una educación pública de calidad que contenga a niños y jóvenes en toda la geografía de cada país de la región es condición imprescindible para aspirar al desarrollo.

Si salimos de la niñez y observamos la foto de la juventud, lo que vemos es lo siguiente: 10 millones de jóvenes desempleados, 22 millones de jóvenes que no estudian ni trabajan y 27 millones de jóvenes que tienen un trabajo informal. Según la OIT, sólo el 37% de los jóvenes latinoamericanos cotiza en la seguridad social y apenas un 29% lo hace al sistema de pensiones. Jóvenes con poco trabajo decente. Nuevamente lo moral y lo legal delante de nuestros ojos.

Cuando analizamos el cuadro general observamos que 134 millones de trabajadores no tienen un contrato de trabajo formal y que 25 millones de personas no tienen trabajo en la región.

En este contexto, algunas voces de la política cuestionan las prácticas profesionales, otras atacan el fomento del empleo joven formal, otras plantean objeciones a la principal puerta de entrada para los jóvenes  al mercado laboral formal y garante de transición al trabajo decente como es el trabajo temporario, otras miran con desconfianza articular servicios públicos y privados de empleo para formar competencias basadas en la demanda durante las transiciones, muchas elucubran acerca de la calidad del empleo pero jamás de la calidad de los trabajadores y hasta hablan del desempleo pero no abordan el problema cinco veces mayor del trabajo informal.

Resulta paradójico que quienes objetan el trabajo temporario formal, avalen la imposibilidad de tener infancias a tiempo completo. Quienes dicen ocuparse de los más vulnerables los condenan con sus marcos teóricos anacrónicos a la pobreza, la informalidad y la pérdida de sus derechos como ciudadanos.

Se trata de voces que utilizan categorías de mediados del siglo pasado y parecen no ver los grandes cambios que vive el Mundo,  el desarrollo de la tecnología y su impacto en el mundo del trabajo. Lucen insensibles ante la evidencia de que los perdedores son los trabajadores de menor calificación y educación, los de menores ingresos, los que realizan las tareas más reemplazables por la nueva revolución de las máquinas. No comprenden que hay que modernizar el mercado de trabajo para adaptarlo a la sofisticación y fluidez que demanda esta nueva economía del conocimiento y que, fundamentalmente, esto no es un problema del Primer Mundo: se trata de un problema que nos afecta a todos.

El debate imprescindible debe girar en torno a las estrategias urgentes que se deben adoptar para transformar el problema en oportunidad. En varias ocasiones he abordado el tema del bono demográfico y la necesidad imperiosa de aprovecharlo. En otras tantas, traté en profundidad  la temática de la empleabilidad y la necesidad de trabajar en la formación de competencias basadas en la demanda.

Los países nórdicos parecen ser los que elaboraron la mejor estrategia a través de una desregulación que protegió al trabajador con programas sociales de calidad y formación de nuevas habilidades (la llamada flexicurity), manteniendo o incluso mejorando sus históricamente altos niveles de equidad económica.

Estos países son también la referencia ineludible en materia de innovación en la educación. Quienes más rápidamente comprendieron que durante generaciones nos hemos centrado en la idea convencional de alfabetización relacionados con la enseñanza de la lectura y escritura pero que la tecnología y los medios digitales cambiaron el significado de este concepto y crearon nuevos retos para la enseñanza y el aprendizaje. Son los que miran más hacia el futuro que hacia el pasado. Y están dispuestos a cambiar, a revisar, a evaluar, a medir y de esta manera, a gestionar.

Tal vez sean los que en un entorno ordenado, con reglas de juego claras pero pensando en términos de décadas y no de meses, entendieron que el cambio es constante y que es necesario convivir con la imperfección. ¿Cómo se supone que debemos preparar a los estudiantes para que sean aprendices de por vida si no les enseñamos a aceptar la imperfección? El aprendizaje en si mismo, es un proceso imperfecto y las pedagogías perfectas no existen pero no podemos renunciar a formar ciudadanos, trabajadores o emprendedores perfectibles, durante toda la vida, en la sociedad del conocimiento.

Quizá sean los países que están más cerca de hacer palpable el concepto de construcción social de la realidad de Berger y Luckmann agregándole una visión innovadora y atendiendo la interacción permanente entre educación, empleo, emprendimiento y formación durante toda la vida.

Cada país de América Latina debe encontrar rápidamente el modelo que le permita modernizar la dinámica educación-trabajo-emprendimiento, garantizando calidad, innovación e igualdad de oportunidades. Se trata de un imperativo ético. Nuestros niños y jóvenes nos están observando.

 

 

Acerca de Martín Padulla

Fundador y Managing Director de Staffingamericalatina. Martín Padulla es Sociólogo (USAL), MBA (UCA) y experto en mercados laborales. Publicó Trabajo Flexible en Sudamérica y Entornos normativos para Agencias Privadas de Empleo en América Latina, dos libros acerca de las nuevas realidades del trabajo.

Sigue a Martín Padulla en Twitter: @MartinPadulla

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