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¿Qué significa trabajo estable en el siglo XXI?

La Cuarta Revolución Industrial invita también a repensar el concepto de estabilidad. Diversas formas de trabajo formal y el concepto de empleabilidad parecen estar fuertemente ligado al concepto de estabilidad 4.0

Por Martin Padulla para staffingamericalatina

 

El diccionario de la Real Academia Española otorga al adjetivo estable (del latin stabilis), tres acepciones

  1. adj. Que se mantiene sin peligro de cambiar, caer o desaparecer. Temperatura, economía estable.
  2. adj. Que permanece en un lugar durante mucho tiempo. Inquilino estable.
  3. adj. Que mantiene o recupera el equilibrio. Un coche muy estable.

En lo concerniente al mundo del trabajo, en América Latina se asoció la idea de trabajo estable a la clásica relación laboral del siglo XX que se materializó a través del típico contrato de trabajo por tiempo indefinido. En ya lejanos contextos de pleno empleo y mercados laborales menos sofisticados, nuestros abuelos decían que “un trabajo no se le niega a nadie”. La idea de trabajo estable parecía cumplir con las tres acepciones que la RAE le otorga al adjetivo.  Eran tiempos de posguerra, de apogeo del estado de Bienestar

El modelo keynesiano funcionó sin grandes dificultades hasta principios de los años setenta, debido principalmente al crecimiento económico que experimentaron las sociedades industriales. Esto permitió un fuerte crecimiento del empleo y contribuyó a mejorar las condiciones de protección social. Pero, ya a lo largo de los años setenta (si, hace 40 años!) comienza a observarse la dificultad del estado para controlar la inflación y reducir el desempleo  y compensar, a través de política económica, los efectos que la crisis energética y el desarrollo de las nuevas tecnologías, mostraban en las economías nacionales.

Varios factores confluyeron durante ese periodo:

  • Los procesos de acumulación rápida de capital, de las décadas anteriores, se vieron reducidos ante la incapacidad del estado para poder mantener e impulsar la producción de un mercado nacional, cada vez más condicionado por la globalización, que requirió un mayor volumen de recursos para poder incidir en el mismo;
  • Los cambios demográficos que se producen por la caída de la natalidad y el incremento de la esperanza de vida, generó un envejecimiento de la población que trajo aparejado un incremento en los gastos de protección social y de carácter asistencial;
  • El final del taylorismo, como proceso y forma de organización del trabajo y la influencia de las nuevas tecnologías en el sistema productivo impactaron en las estructuras de las organizaciones;
  • La crisis financiera de los estados, sin los recursos suficientes para hacer frente a las demandas ciudadanas que reclaman una ampliación de las coberturas de bienestar, especialmente en los momentos regresivos del ciclo económico, a fin de disminuir sus efectos en los niveles de protección y calidad de vida;
  • Una deslegitimación del orden político establecido, debido a que el estado deja de responder a las expectativas y demandas de los distintos grupos de presión, y de la población en general. El largo período recesivo por el que han pasado muchas economías no ha permitido que el gasto público, que ha ido aumentando progresivamente, pudiera ser compensado con los ingresos fiscales, lo que ha ocasionado un elevado déficit público en la mayor parte de los estados.

Este contexto, explica en parte que en una América Latina con altísimas tasas de informalidad laboral, existe una percepción social de inseguridad aún en trabajadores formales con un contrato por tiempo indefinido. Se hace imprescindible redefinir el concepto de estabilidad en el trabajo.

¿Es necesario un contrato para trabajar? Si, la informalidad es un flagelo que tiene correlación directa con la pobreza. ¿Es el contrato por tiempo indefinido la única herramienta para erradicar la informalidad laboral? No, la Cuarta Revolución Industrial, los ciclos económicos y la nueva economía requieren otras respuestas.

La estabilidad para el individuo, como objetivo, es irrenunciable. Sin embargo, es necesario, ante la evidencia, reformular las bases sobre las que debe asentarse una estabilidad para la que ya no es suficiente un contrato.

¿Cómo alcanzar estabilidad en un contexto volátil, cambiante y cada vez más frecuentemente disruptivo?

Una primera mirada indica que diversos tipos de contratos ampliarían las posibilidades sin erosionar la protección social.

Una segunda mirada nos muestra que la seguridad y la posibilidad de desarrollar una carrera estarán ligadas siempre a la evolución de la organización y a la capacidad del trabajador de aportar valor, conocimientos, experiencia, habilidades y adaptación a los cambios. Estos últimos serán cada vez más rápidos y constantes. Para esto es necesario involucrar a la mayor cantidad de actores posibles vinculados con la problemática y que generar marcos que conecten de manera más fluida y permanente la educación con el trabajo.

Una tercera mirada indica que esta dinámica requiere de soluciones más flexibles dentro de un marco legal y que la temporalidad no tiene nada que ver con la precariedad. Esta última es inaceptable, está relacionada con la ilegalidad y contradice la dimensión ética del trabajo. El empleo precario se identifica, tal como lo define la OIT con prestaciones sociales y derechos laborales limitados o con ausencia de los mismos, niveles elevados de inseguridad laboral,  salarios bajos y escasas o nulas condiciones de higiene y seguridad que ponen en riesgo la salud o la vida de los trabajadores. Obviamente dentro de esta categoría hay que incluir el empleo no declarado que se deriva de la economía informal y que implica exclusión, pérdida de derechos, competencia desleal y lesión a las arcas públicas, con el consecuente impacto que genera un círculo vicioso. Un spin off de esta mirada estaría ligado al concepto de flexibilidad, asociada tendenciosamente a la pérdida de derechos, al ya mencionado concepto de precariedad o inclusive a la informalidad, cuando existen herramientas desde hace mucho tiempo que conjugan flexibilidad con seguridad y formalidad. Existe informalidad rígida y flexible, temporal y permanente y en cualquier caso debe combatirse y está en las antípodas del concepto de trabajo decente.

La “política” en América Latina debería ser más clara, concreta y contundente respecto de este tema. Partidos políticos que dicen defender derechos de trabajadores e incluso algunos sindicatos, no se manifiestan con claridad respecto del trabajo informal, se mueven en un escenario repleto de ambigüedades y parecen defender un status quo que cruje hace medio siglo.

La temporalidad bien gestionada, de forma profesional y con todas las garantías a través de empresas especializadas con marcos regulatorios adecuados, debe responder a necesidades específicas y ha demostrado ser una herramienta eficiente para combatir la informalidad y el desempleo. Ha sido un elemento central en los mercados laborales más dinámicos e inclusivos del Mundo para acceder al mercado de trabajo formal, conciliar los intereses personales, adquirir experiencia, facilitar la adaptación de las empresas e individuos o emprender proyectos.

Dependerá de los actores intervinientes lograr que sea un tránsito positivo hacia una  estabilidad  más profunda a través de un adecuado ajuste entre persona y puesto de trabajo y de una formación para el trabajo basado en competencias demandadas por el mercado laboral actual y futuro. En muchos países se han desarrollado carreras laborales enteras a través de este tránsito positivo.

La estabilidad en el siglo XXI parece estar ligada fuertemente a la empleabilidad. En un mercado laboral que tienda a la formalidad, la inclusión y la formación de competencias basadas en la demanda, será necesario incorporar nuevos factores que garanticen mejor la seguridad, el desarrollo de los ciudadanos y el fácil acceso a ese mercado.

Esas empresas que en los mercados laborales con menor informalidad y menor desempleo, se han transformado en agencias privadas de empleo y administran diversas formas de trabajo formal, cumplen ese rol. Son aliadas estratégicas de los servicios públicos de empleo para canalizar las políticas activas de empleo y brindan estabilidad y formalidad contribuyendo al progreso social y económico de esos países.

Será necesario en este año que comienza, promover la ratificación del Convenio 181 de OIT en todos los países de la región para modernizar nuestros mercados laborales, adaptarnos a las necesidades del trabajo 4.0, crecer en inclusión y formalidad  y acercarnos, de esta manera, al futuro del trabajo.

Acerca de Martín Padulla

Fundador y Managing Director de Staffingamericalatina. Martín Padulla es Sociólogo (USAL), MBA (UCA) y experto en mercados laborales. Publicó Trabajo Flexible en Sudamérica y Entornos normativos para Agencias Privadas de Empleo en América Latina, dos libros acerca de las nuevas realidades del trabajo.

Sigue a Martín Padulla en Twitter: @MartinPadulla

mpadulla@staffingamericalatina.com

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