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¿No estaremos subestimando lo humano cuando pensamos en el futuro del trabajo?

La tecnología y la inteligencia artificial son parte de nuestra realidad y están atravesando las sociedades del conocimiento. Sin embargo la tendencia a sobretecnologizar la realidad pueden llevarnos a la subestimación de lo humano.

Por Martín Padulla para staffingamericalatina

Las necesidades humanas son pocas. Básicamente podemos dividirlas en tres grupos: las básicas que son la relacionadas con el alimento, agua, aire y refugio; las de relación que son las relacionadas con la pertenencia y el respeto y las afectivas/emocionales que están relacionadas con el amor. Cuando las necesidades están atendidas, un ser humano está en condiciones de desarrollar su potencial y realizarse como persona. Todo lo demás entra en el plano de los deseos y en el camino inverso al de la necesidad; mientras en esta última al ser atendida sobreviene la calma en el caso de los deseos al ser saciados dan lugar al siguiente. Se trata de las satisfacciones fugaces que normalmente desatan inquietudes, angustias e incertidumbre.

El trabajo cumple un rol clave cuando hablamos tanto de necesidades  como de deseos. Y si pensamos en el futuro del trabajo el tema empieza a complejizarse.

Estamos abrumados por el futuro. En realidad, el presente vertiginoso y cambiante nos da indicios de que ya nada será lo que fue. Y aparecen las diferentes visiones. Sobre todo en lo que concierne al impacto de la tecnología en la creación de empleo y en el mundo del trabajo en general.

El debate que se ha instalado es claro: si la tecnología, la inteligencia artificial y los algoritmos van a eliminar (están eliminando)  puestos de trabajo o si van a crear (están creando) nuevos puestos de trabajo.

Como en muchos aspectos de la realidad estamos asistiendo a dos visiones muy contrapuestas. Algunos parecen haber revivido al ludismo,  aquel movimiento que durante la Revolución Industrial se opuso a las máquinas que restaban empleos. Otros parecen adherentes del panglossionsimo, vocablo que tiene su origen en la referencia  al Doctor Pangloss, personaje con el que Voltaire caricaturizó a la filosofía de Leibniz en su novela Cándido y según el cual “todo existe necesariamente para el mejor de los fines”. Se transformó en un calificativo para quienes manifiestan un optimismo infundado.

Admito un sesgo sociológico cuando establezco que la interpretación de todo fenómeno social, está fuertemente influido por la concepción o paradigma que tomemos como punto de partida. Un mismo fenómeno puede ser interpretado de manera diferente y aún contradictoria y esto enriquece el estudio del fenómeno  porque abre la posibilidad de abordarlo desde diferentes perspectivas.

Aun partiendo de la base de que no sería una buena idea mantenerse cerrado al progreso tecnológico, ludistas y panglossionistas lucen exagerados y no parecen contemplar todas las dimensiones del cambio.

Algunos disparadores para pensar:

  • 90% de las 500 empresas más grandes del Mundo en 1955, hoy ya no existen
  • 80% de las personas tendrá presencia digital en el 2023
  • Desde el punto de vista tecnológico, dos tercios de los empleos actuales pueden ser automatizados.
  • Ya no parecen relevantes los conocimientos que se tienen sino qué tan rápido puedes aprender otros
  • En STEM (conocimientos sobre ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas) sólo el 15% de lo que conocemos hoy probablemente sea relevante dentro de 5 años. Y no sabemos qué 15% es.
  • Existe una conversación creciente sobre una cuestión basada en la filosofía que es el vinculado al Ser o al Tener. ¿Cambiamos nuestro tiempo por cosas?
  • Las nuevas generaciones le otorgan gran importancia a las actividades extra-laborales
  • ¿Podemos predecir el futuro desde categorías presentes? ¿Qué nos muestra la historia?

Existen categorías muy fuertes arraigadas en el zeitgeist que en la práctica están siendo cuestionadas. La idea de Estado Nación no parece sólida para los jóvenes. La movilidad constituye un factor clave, con generaciones más nómades y con menor arraigo que las anteriores. La estructuración de nuestras sociedades será totalmente diferente. Diferente implica adaptación.

La economía y la sociología se están ocupando de la felicidad como objeto de estudio. ¿Cómo opera la desigualdad y baja cohesión social en la felicidad? ¿Vamos hacia sociedades más integradas? ¿O sólo hacia sociedades con  vínculos y lazos más débiles? ¿O integradas con vínculos y lazos completamente diferentes a los actuales, entre otras cosas, por la tecnología?

Branko Milanovic, el economista serbio-americano y profesor de la City University de Nueva York, plantea que cuando existe mucha desigualdad en un país, puede que legalmente se constituya como tal pero en la realidad se trata de muchos países diferentes que no pueden funcionar como una sociedad. Esto puede explicar por ejemplo la mayor identificación entre jóvenes de clase media de grandes conglomerados urbanos de distintos países que entre jóvenes de clase media y baja de una misma ciudad.

¿Estamos yendo hacia sociedades más centradas en las necesidades o en los deseos?

Si nos anticipamos y damos  por válida la hipótesis de que las tecnologías digitales están frenando la creación de empleo, la Historia muestra que probablemente se trate de un fenómeno temporal;  conforme los trabajadores vayan ajustando sus capacidades y los emprendedores creen oportunidades para ellos basadas en las nuevas tecnologías, la creación de empleo rebotará.

Todas las señales de alerta se encienden a partir de la crisis de las clases medias. Justamente los sectores más descontentos aparentemente son los más amenazados. Se plantea también que el aporte de mayor productividad a partir de las nuevas tecnologías genera un riesgo en varios países de nuestra región. La ecuación es la siguiente: en contextos de estancamiento, con brecha entre la formación de los estudiantes y las necesidades de las empresas, el desarrollo tecnológico puede profundizar la caída de la participación laboral y la concentración de ingresos y riqueza sino se trabaja activamente en la formación inclusiva para el trabajo. Entre otras razones, porque en varios países de nuestra región la fuerza laboral es intensiva en calificaciones medias y está particularmente expuesta al reemplazo por la automatización. ¿Será realmente así en todos los casos? ¿Los cambios en el mundo del trabajo generados por la tecnología serán temporales mientras la fuerza de trabajo se adapta, o viviremos rodeados de procesos automatizados y robots con capacidades pseudo humanas?

Cualquiera sea la respuesta, una vinculación diferente entre la educación y el trabajo parece imprescindible. Si bien la educación no asegura movilidad social ni elimina la desigualdad, no existe oportunidad sin ella. Se trata de una condición necesaria aunque no suficiente.

Desde la teoría del capital humano, planteada por Schultz en 1960, que establece que los conocimientos y habilidades tienen valor económico e intercambiable en el mercado, se difuminó la frontera entre trabajo y capital. Este paradigma legitima a la educación como inversión, como la llave de una sociedad meritocrática, con igualdad de oportunidades, en la que el individuo motivado y capacitado es responsable de su ubicación y movilidad social. La teoría del capital humano se convirtió en un símbolo de modernización.

Según Milanovic, el 70% de los ingresos de una persona dependen de donde haya nacido y a qué clase social pertenezcan sus padres. Si esto es cierto, estamos lejos de estar viviendo en sociedades realmente meritocráticas. ¿Podemos construirlas? Por supuesto, tenemos que operar varios cambios.

El otro tema a tener en cuenta es la pertinencia pero, ¿cuál es la pertinencia si no sabemos cuáles serán los puestos de trabajo que demandarán las empresas del futuro? ¿Cómo crear el capital humano que incremente la productividad?

Algunos plantean que la clave está en los marcos regulatorios. No podemos normatizar el futuro con regulaciones del pasado.

El exitoso empresario mexicano Carlos Slim plantea que las empresas lograrían aumentar su productividad si los trabajadores tuvieran sólo tres días laborables a la semana. Sostiene que esto generaría más tiempo libre y satisfacción para los trabajadores, tendrían más descanso y podrían aportar conocimientos y experiencia incluso más allá de los 65 años. Un debate que será ineludible.

Así como no podría afirmar que los robots van a reemplazar al trabajo humano, si estoy seguro de que algunos trabajadores ya interactúan con robots en el trabajo y que esta tendencia se profundizará. Esto constituye un cambio muy profundo en sí mismo.

¿Estamos formando a nuestros estudiantes para trabajar con robots? ¿Seremos capaces de aprovechar la capacidad de estos robots para incrementar nuestra productividad? ¿Seremos lo suficientemente agiles para adaptarnos a los cambios constantes? ¿Podremos desaprender y reaprender rápidamente? ¿Crearemos las habilidades que, acompañadas de mayor o menor grado de automatización, permitan reducir la huella de carbono e hidrógeno? ¿Puede la robótica permitirnos tener más tiempo para las ineludibles tareas humanas, laborales y extralaborales? ¿Será que en la crisis del futuro del empleo tenemos la gran oportunidad?

La gran apuesta parece desarrollar las competencias basadas en la demanda no reemplazables por la robótica, aquellas relacionadas con las habilidades interpersonales, el trabajo en equipo, la creatividad, la innovación, la capacidad de inspirar, comunicar, emocionarse y emocionar, comprometerse y comprometer.

Las máquinas pueden mejorar o empeorar el trabajo del futuro. En gran medida va a depender de la capacidad humana de crear entornos más sostenibles que tengan en cuenta el trabajo como vehículo imprescindible de dignidad humana. La idea de un futuro que nos contenga de manera muy distinta a la actual.

Tal vez la clave esté en nuestra capacidad de jugar, experimentar  e identificar los usos que pueda aportar la inteligencia artificial. Desde muy pequeños, incorporando la tecnología a la pedagogía, premiando la idea de “mejor fracasar rápido” para seguir creando disruptivamente. Impulsando un cambio cultural que promueva el emprendimiento y la creación de mercados laborales más modernos, dinámicos, flexibles e inclusivos.

Quien logra conectarse con sus necesidades y puede distinguirlas de los deseos puede percibir y comprender las necesidades de otros. Si el elemento esencial del aprendizaje es la emoción, tendremos que generar experiencias memorables y utilizar la tecnología para formar personas más integras que sean protagonistas de la dimensión humana del futuro.

Por alguna razón me resulta más cercana la idea de un robot delivery entregándome una pizza que la de un robot cuidándome durante mi vejez. Probablemente en el final, una caricia humana sea tan necesaria como el aire. Tal vez se trate de necesidades y de deseos…

Acerca de Martín Padulla

Fundador y Managing Director de Staffingamericalatina. Martín Padulla es Sociólogo (USAL), MBA (UCA) y experto en mercados laborales. Publicó Trabajo Flexible en Sudamérica y Entornos normativos para Agencias Privadas de Empleo en América Latina, dos libros acerca de las nuevas realidades del trabajo.

@MartinPadulla

mpadulla@staffingamericalatina.com

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