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Lo que el gobierno puede aprender de los emprendedores

Por Melina Jajamovich*

¿Alguien se atrevería a decir que “emprendedor” y “gobierno” son términos vinculados? Probablemente, no. En el imaginario popular, el gobierno es cualquier cosa salvo emprendedor. Ahora bien, ¿podría ser de otra forma?

Los (buenos) emprendedores son grandes “maestros” porque comprenden que vivimos en un mundo complejo y… ¡saben moverse en él! ¿Una obviedad? No, no lo es. La mayoría de las organizaciones (y los profesionales que en ellas habitan) siguen sin hacerse eco de lo complejo, viviendo en (y con) la ilusión de un mundo previsible. Y el gobierno no es la excepción.

(I) El gobierno 

El gobierno debe lidiar todos los días con lo complejo: con lo no-repetitivo y lo impredecible. Y mientras los desafíos a los que se enfrenta cambian y se multiplican a velocidades exponenciales, su “mirada” y sus herramientas parecen estancadas. Esto se refleja en los resultados de la gestión pública, frustrando tanto a los que están dentro del gobierno como a los que están fuera de él.

Veamos la escena…

Un gobierno nuevo asume. Tiene 100 días de “honeymoon”, o al menos eso se dice. 100 días para realizar (o actualizar) el diagnóstico, ponerse en marcha y mostrar resultados. Eso se le exige pero, ¡¿es posible?!

En el día a día…

  •  Políticos y técnicos se ven apabullados, abordando todos los problemas a la vez, con recursos humanos y económicos insuficientes. Se salta de una reunión a otra y el foco falta a la cita.
  • La planificación se traduce en Gantts que guardan la ilusión de un contexto certero en el que los otros agentes no inclinan la balanza. La realidad, sin embargo, lleva su propio camino.
  • El gobierno suele sentarse a la mesa a negociar con otros interlocutores, en un juego de suma cero, al que todos juegan y están acostumbrados. La inteligencia colaborativa aún no es palabra santa en este ámbito.
  • Las políticas públicas son diseñadas desde oficinas alejadas (física y “espiritualmente”) del territorio, basándose en hipótesis sin testear y que no dan voz a la ciudadanía. Así, equivocarse es factible (y caro).
  • La cultura política reinante espera que el político y sus técnicos “se encarguen” de solucionar los problemas. El error no es aceptado por la sociedad y, por ello, es negado y escondido sistemáticamente.

Como podemos ver, estas prácticas resultan en mucho movimiento y escasos resultados. “The honeymoon is over”.

(II) Los emprendedores

El (buen) emprendedor también suele encontrarse en un contexto incierto, con  recursos insuficientes y el tiempo corriendo a sus espaldas. Pero cuenta con unos valores y unas herramientas que le permitan minimizar estas debilidades. Veamos…

  •  El emprendedor sabe cuál es su propósito, su sueño y esto le da foco, foco, foco.
  •  El emprendedor sabe que un plan de negocio “de libro” no es sinónimo de éxito en un mundo cambiante. Y que el desequilibrio entre planificación y acción no es positivo. Por eso cuenta con planes ágiles que respondan al cambio y que le permitan “salir rápido a la cancha” y ver qué pasa.
  • El emprendedor sabe que solo no puede: confía en el poder de las redes, ya sea pidiendo feedback o estableciendo alianzas para idear, testear o ejecutar sus proyectos. En su mundo, las relaciones profesionales son poligámicas y “co”.
  • El emprendedor no se centra en “su ombligo”, se centra en “el otro”: la empatía es clave y salir de la oficina a testear los problemas de sus clientes, vital.
  • El emprendedor sabe que quien no falla, no aprende: su clave es fracasar rápido y barato; su clave es aprender.

Como podemos ver, se trata de otra mirada del mundo que se refleja en otra práctica en el día a día. Y, por supuesto, en otros resultados.

(III) Fórmula para el siglo XXI: el gobierno emprendedor

El gobierno tiene la posibilidad de convertirse en un gobierno emprendedor, adoptando los valores y las herramientas propias de los emprendedores. Ahora bien, ¡¿qué le hace falta para ello? Veamos…

  •  El motor del emprendedor son sus sueños, el propósito. La brújula del gobierno también debería serlo. Saber que no se puede con todo y elegir “qué batallas” pelear es fundamental. Esto dará foco y alineará a los equipos.
  •  El emprendedor cree y confía en el poder de las redes. El gobierno debe adoptar este “espíritu” para el diseño y la ejecución de políticas públicas sostenibles, convirtiéndose en la organización que media, suma y potencia a los distintos agentes sociales, políticos y económicos. La innovación abierta multiplicará su “poder” y sus resultados.
  • El emprendedor se centra en “el otro”; los hacedores de políticas también deberían hacerlo, ejercitando la empatía y validando los problemas de los ciudadanos… ¡en el territorio! El ciudadano involucrado permite políticas más potentes y sostenibles. Lo público cobra otro color.
  • El emprendedor desconfía del clásico “el papel todo lo aguanta” y se nutre de planes ágiles. El gobierno debe ser consciente de que los planes estrictos y exhaustivos exigen demasiado tiempo de elaboración y  quedan obsoletos al ser puestos en tela de juicio por la realidad. Es hora de migrar a planes ágiles que respondan al cambio. 
  • El emprendedor es un buen “aprendedor”. Una nueva cultura política debe visibilizar que no hay verdades absolutas ni recetas universales. Aceptar el error es parte vital de una política pública que aprende. Y de un gobierno que mejora.

En resumen, un gobierno emprendedor, un gobierno que adopte valores y herramientas propios de los emprendedores, sería aquel que:

  •  Tiene propósito.
  •  Construye redes.
  • Está centrado en el ciudadano.
  • Hace planes ágiles que respondan al cambio.
  • Acepta el error como prueba de acción y forma de mejora.

Así queda abierto el debate. ¿Habrá llegado el momento de emparentar los términos “gobierno” y “emprendedor”? ¿Será posible creer y crear un gobierno emprendedor?

*Melina Jajamovich es CEO de Social Cooking. Lic. en Ciencias Políticas (UBA), máster en Gestión de la Innovación (ITA).

Siguela en Twitter: @latodaterreno

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