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Cómo funciona Minerva, la universidad disruptiva global que tiene una de sus sedes en Buenos Aires

Comenzó a funcionar en 2014 tras la premisa: “¿Cómo sería Harvard si la pudiéramos armar hoy?”. No tienen un campus fijo ni exámenes, aunque sus resultados ya sorprenden.

 

Un informe de Maximiliano Fernández para Infobae da cuenta de Minerva, una universidad disruptiva que se presenta como la primera universidad global

La historia oficial dice que todo comenzó mientras Ben Nelson estudiaba la historia de las universidades en la Wharton School, en Pensilvania. Ese proceso le permitió darse cuenta de que las casas de estudio tradicionales no cumplían con su objetivo.

Esa conclusión lo llevo a decidir abandonar su posición como CEO de Snapfish, una plataforma de revelado de fotografías online, para fundar una universidad diferente en 2010. Su nombre, se inspiró en la mitología romana. Así nació Minerva.

Durante dos años, Nelson trabajó en pulir el concepto. Se asesoró con referentes de élite. Entre ellos, sumó a Stephen Kosslyn, rector en Harvard de Ciencias Sociales, quien desencantado por la imposibilidad de reformar de raíz las universidades existentes, se sumó al proyecto. “¿Cómo sería Harvard si la pudiéramos armar hoy?”, se preguntó.

En 2012, llevaron adelante la primera ronda de inversión. Recibieron 25 millones de dólares de parte de Benchmark Capital, fondo de prestigio en Silicon Valley y todo comenzó a tomar forma.

Los primeros estudiantes ingresaron en 2014. Para ello, debieron pasar un riguroso proceso de selección. “Es bastante diferente al tradicional. No pedimos el SAT o el TOEFL. No tiene costo alguno y se hace íntegramente online. Nuestra tasa de admisión está cerca del 2%, menor que el 4,6% de Stanford y el 5% de Harvard”, declaró a Infobae Alex Aberg Cobo, director ejecutivo para América Latina.

El proceso de admisión tiene tres partes. “Quién sos”, que involucra información personal, educación, intereses, calificaciones. “Cómo pensás”: seis desafíos que el postulante debe sortear. Y “Qué lograste”, en el que se certifican los tres últimos años de secundaria, lo que se haya cursado en la universidad y seis logros puntuales. El año pasado recibieron 21 mil aplicaciones y solo 400 fueron admitidos.

El español Alberto Martínez de Arenaza, que ahora estudia Economía y Política, se postuló con escasas expectativas. “Decidí mandar la solicitud mientras estaba estudiando en la Universidad de Glasgow. Estaba un poco decepcionado con mi experiencia universitaria y quería algo más. Me enteré un día antes de que acabara el proceso de selección y lo completé a toda velocidad. Me llamó mucho la atención la pedagogía y la idea de viajar durante toda la carrera”, reconoció.

En el primer año, las clases son uniformes para todos los estudiantes. A partir del segundo comienza la especialización. En tercero, trabajan en grupos de 3 estudiantes. En cuarto, el último año, finalizan con un proyecto personal. “Tener la base de los primeros años me ayudó a pensar en mi campo de estudio de una manera mucho más interdisciplinar”, comentó el estudiante español.

Los alumnos viven en siete ciudades diferentes en los 4 años de carrera: San Francisco, Seúl, Hyderabad, Berlín, Londres, Taipei y Buenos Aires. Respecto a la inclusión de la capital argentina como una de las sedes, se informó que fue seleccionada porque es “una ciudad global, cosmopolita, con una gran oferta cultural y bastante segura comparada con otras de la región”. Los estudiantes  viven durante seis meses en la ciudad sudamericana  y desarrollan numerosas actividades con el ministerio de educación, con la secretaría de cultura, con empresas líderes en innovación, además de propuestas extracurriculares para conocer las tradiciones de la ciudad.

“La pedagogía es muy distinta. Está basada en desarrollar pensamiento crítico y creativo, comunicación e interacción efectivas. Buscamos desarrollar líderes innovadores y ciudadanos globales”, explicó Aberg Cobo. El objetivo es darles herramientas a los estudiantes  para que puedan  afrontar problemas que no sabemos cuáles van a ser en el futuro.

Sus clases son online y se basan en la neurociencia aplicada al aprendizaje. 90 minutos con 18 alumnos y profesor conectados en simultáneo. Dejan de lado las tradicionales clases magistrales. Prefieren grupos reducidos a los que les enseñan “hábitos de mente y 115 conceptos fundacionales”. Además, presentan una serie de grandes preguntas, como “por qué la gente comete crímenes” o “quién es el dueño de la información”, sin una única respuesta correcta para disparar debates.

Ailén Matthiess, de 21 años, oriunda de Vicente López, Buenos Aires, estudiaba Economía en la UBA cuando decidió postularse. Meses después se convirtió en la primera argentina en ingresar a Minerva. Hoy cursa Ciencias de la información, Computación y Economía porque el plan de estudios se lo permite. “Es muy distinto a lo tradicional. Para cada clase, yo no solo tengo que haber estudiado los conceptos que se van a tratar sino también prepararme, buscar ejemplos, ensayar el argumento de un debate”, describió.

Una de sus actividades preferidas son las”10:01″, comidas culturales, preparadas por un grupo de estudiantes locales en las que se comparten costumbres e historias. “Ayudan a uno a aceptar las diferencias y a juzgar menos”, comentó. Alberto, por su parte, quedó encantado con Buenos Aires. Estuvo el año pasado, desde enero hasta junio. “Fue una experiencia fantástica, de mis momentos preferidos en Minerva. Tengo muchas ganas de volver, incluso me veo viviendo unos años ahí”.

La dinámica convencional entre alumnos y docentes se rompe. “El profesor cumple un rol distinto, no es el que presenta el contenido sino que facilita la discusión y nos guía“, explicó la estudiante argentina. Deben estar abiertos a debatir y responder preguntas.

Es por esto que la selección de los profesores, al igual que la de los alumnos, es implacable. Pasan por un proceso de entrevistas que, en casos, se graban para comparar a los distintos candidatos hasta llegar al último paso: una clase de verdad, en vivo, con 18 alumnos que ofrecen su devolución.

Una vez aceptados, se entrenan durante un mes y son supervisados con detenimiento. Más allá de cierta flexibilidad, cada uno recibe partituras que divide la clase a impartir en bloques de 10 o 15 minutos; incluyen encuestas, debates, trabajo en equipo, pequeños cuestionarios para mantener al alumno en vilo. “No hay exámenes porque los profesores tienen una cantidad enorme de data de los alumnos”, remarcó Aberg Cobo.

Que Minerva no tenga exámenes no significa que las evaluaciones no sean constantes. Su progreso se mide a lo largo de cada semestre mediante los hábitos de mente y learning outcomes. Los profesores están obligados a dar devoluciones personales dentro de los cinco días siguientes a cada clase. “Los alumnos saben qué están haciendo bien y qué no”, expresó Aberg Cobo.

Respecto a su costo, es inferior a la mitad de las Ivy Leagues, las universidades de elite de Estados Unidos, aunque buscan, con un modelo opuesto, competir de igual a igual con ellas. Pese a su breve recorrido, hay datos que avalan su funcionamiento. Cada alumno, antes de comenzar en Minerva, toma el CLA+, una prueba que mide pensamiento crítico, resolución de problemas y comunicación escrita y quedan en el 78% de los mejores resultados. Una vez que terminan el primer año, logran entrar al selecto 1%. A su vez, Uber, Apple, Google, Amazon, Yahoo, entre otras compañías, se disputan a sus estudiantes para que realicen sus prácticas profesionales.

Publicada originalmente por Infobae.

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